jueves, 26 de junio de 2014

Es un arte...como todo.

"Unos fuman, otros beben, otros se drogan,
otros se enamoran... cada quien se
mata a su manera"



I
El despertador se encuentra junto al  cenicero. Ya por si solo esto involucra una metáfora hermosísima en la que Esteban se ve envuelto cada mañana: El tiempo que se consume, nos consume.
Suele ser agrio despertar y no verte. No volveré a hablar con Dios, pensaba Esteban mientras sacudía su cuerpo de las sabanas y callaba el espantoso ruido del reloj despertador. De nuevo el mismo dolor en la nuca que lo obliga a llevarse las manos a la cabeza, el mismo dolor, el mismo dolor… Después de un rato todo empieza a volver a su lugar, los pensamientos de Esteban se van acomodando para tener sentido; y así pasa de pensar en ciempiés, tijeras y colores, a pensar: es tarde, maldita sea, de nuevo y como siempre es demasiado tarde.

II
Empieza otra jornada. Otra larga caminata al parque y de regreso solo para ver que todo marche bien. Para comprobar que el mundo no se ha acabado o que no se ha vuelto loco…aún. Caminar es como una meditación activa, Esteban lo sabe y es por eso que lleva la mente en blanco. Esta sensación de  vacío, de un blanco puritano tan asqueroso es lo que lo hace recordar. Hay un recuerdo, de todos los que pasan por su cabeza, es preciso saber que solo uno, de las millones de imágenes que se le presentan, es el que le causa pararse siempre en la misma calle. Voltea hacia atrás para verificar que nadie le siga. Entonces a su lado hay una pared enorme, que alguien, quien sabe porque motivo puso ahí. Una pared de ladrillo. La observa maravillado, como un tontuelo. Recorré con la vista cada centímetro que compone esta gran pieza, la examina con tranquilidad. Esteban ve algo que no está, algo que debería ser pero que no es.

Pasan unos cuantos minutos antes de que cierré los ojos y tomé el suficiente valor para volver a abrirlos y regresar a casa. Y mientras se marcha se dicé a sí mismo: Todo marcha bien…perfectamente.

III
− Promete que la pintaremos, como en las fotografías  que me has enseñado. Promete que será algo así como nuestro testimonio.

−Sí, supongo que no estaría mal.

−Pero promételo, con el dedo ¿sí?

−Prometido…

Se acuerda de esto mientras toma una taza de té. Comienza a recordarlo todo. Había que pintar la pared porque se lo había prometido con el dedo. Pero era cierto que ella ya no estaba, que se había marchado. Pero era una promesa…

IV
Salió con un bote de pintura blanca y una brocha. Se detuvo frente a la pared. La contemplaba con el mismo asombro de siempre. Cada día, durante tres años la miró del mismo modo, sin pestañear, resistiendo las ganas de llorar, las ganas de destruirla. Hoy por fin era el día de ponerle fin a todo este asunto tan absurdo. ¿Cómo no pude superarlo?, pensaba. Es un asunto tan estúpido, pero algo le decía que no del todo. Se quedó sentado frente a la pared una vez que la había pintado de blanco. Le faltaba algo... “Como en las fotos que me has enseñado” “Promételo con el dedo”…”Sera como nuestro testimonio…promételo”, escuchaba Esteban.

V
Los momentos más dolorosos que uno experimenta son aquellos que van acompañados de un recuerdo, de uno en especial. Esos fueron los cinco minutos más largos en la vida de Esteban, aquellos momentos en los que con la brocha y un poco de pintura negra escribía la frase que haría de epitafio, porque esa pared sería como la tumba de ese lindo recuerdo. Cinco minutos bastaron para olvidar el sufrimiento de tres años de vació.

Y así, una vez terminó. Se marchó sin titubear, sin voltear hacia atrás. No llovió, mucho menos salió un rayo de sol para iluminar el rostro de Esteban. Era un día cualquiera, con un clima cualquiera, sin nada de especial y con muchas cosas comunes que nadie se detiene a observar.  Cumplió la promesa, lo hizo; por el dedo o por cualquier otro motivo. Y se fue, nunca más volvió a mirar hacia atras. Llegó a dormir. El despertador junto al cenicero: El tiempo que se consume, nos consume.

VI
La pared decía: Morir es un arte, como todo…

martes, 3 de junio de 2014

París



París no volvería a ser igual, aunque seguía siendo París
-Ernest Hemingway


Haberla encontrado hubiera supuesto un gran triunfo para mí en otras circunstancias. Ahora me siento mal por haberla encontrado. Por haberle invitado a ver la exposición de Monet en el Museo de Artes Extraordinarias. Sabía que esto no estaba bien y aun así le leí unos fragmentos de mi diario. “Día 438 en París: Soñé que era una planta, era terrible, no podía moverme, llovía y el agua era tanta que mis raíces eran incapaces de absorber todo el líquido, me hinchaba. Después salía el Sol. Me brotaba una flor por el tallo. Al día siguiente conocí a Isabel en la terraza de un café, era como la flor”. Ella sonreía al escucharme.

Visitamos un jardín con muchos tulipanes, y ahí encontramos un colibrí muerto. Tenía las alas abiertas como queriendo volar. Jamás pensé en la muerte de este modo tan hermoso. Y es que su cuerpecito verde y sus alas brillantes me hacían pensar que era lindo morir. Ella se puso a llorar  sobre mi hombro, sin que se diera cuenta guardé el cuerpecito en el bolsillo de mi gabardina. Fuimos a mi departamento, cruzamos algunas calles. Comenzó a llover y ninguno de los dos llevaba un paraguas. Caminamos mojados y yo solo pensaba en el muerto que traía encima.

Llegamos por fin. Me deshice de mis prendas mojadas. Isabel entro al baño y al salir llevaba una ropa interior blanca, comenzó a bailar de una forma extraña. Bailaba un jazz que solo existía en su cabeza. Prendí un cigarrillo y abrí una ventana que daba a la calle, sentía las pequeñas gotas que me golpeaban el rostro. Ella seguía un paso violento. Afuera el cielo se caía a pedazos, y las calles se inundaban de porquería y mierda que salía de las alcantarillas, el frío que entraba por la ventana, el molesto olor a tabaco quemado; pero ella solo bailaba. Se reinventaba. Era un lindo juego el que jugaba Isabel. A veces hacía un sol tremendo y ella salía para el acuario en bicicleta y llegaba empapada y decía que había nadado con los peces, que ella era como una sirena. Y yo sabía que era mentira, que estaba empapada en sudor, delirando por el calor. Ella jugaba a esas cosas y yo solo era como un fantasma espectador.

A las dos semanas de haber recogido el cuerpo de aquel colibrí ya no quedaba nada de carne, puros huesos. Entonces lo lije y lo pulí para poder usarlo como pisapapeles. A veces me pasaba horas mirándolo. La muerte es un misterio tan grande y yo no podía explicarme como es que podía caber en un esqueleto tan pequeño. Isabel se disgustó porque hace tiempo no le prestaba mucha atención, el colibrí me tenía confundido y seducido. Se marchó del apartamento, ahora solo me queda la vista de la Torre Eiffel. Decidí dar un pequeño paseo, tomé mi gabardina y salí sin un rumbo fijo, llevaba el esqueleto de mi amigo en el bolsillo, como un amuleto de buena suerte. Caminé varias cuadras con la mente en blanco. Después de un tiempo encontré una banca para descansar, prendí un cigarrillo más, unos cuantos minutos menos de vida, qué más da. El cigarrillo me matara a mí como tal vez el néctar mato al colibrí.

Ya sabía que todo terminaría mal, no sé porque me esforcé en convencer a Isabel de que se fuera a vivir conmigo. París se supone es todo amor, es todo flores. Se supone que debería ser un paraíso de croissants y de mimos aprisionados en cubos invisibles. No deberían de morir los colibríes aquí, ni tampoco las muchachas deberían irse así nada más. Aquí no debería de existir eso, sin embargo existe y es terrible pensar que París es un refugio de corazones rotos al estilo de Rigaut. Aquí los poetas se juntan en los cafetines para discutir sobre los surrealistas, sobre los impresionistas y sobre el átomo. Es por eso que no me sorprendió llegar a mi departamento y ver la puerta abierta, entrar y encontrar a Isabel con un tiro en el pecho, sujetando con su mano el pequeño esqueleto del colibrí. No me resulta complicado pensar en las razones del suicidio y de que nadie bajará al escuchar el disparo y ver la puerta abierta. Pude ser yo, pensaba mientras le cerraba los ojos a Isabel.

Lo que si no podía explicarme era la muerte. Seguía sin entender el tamaño de este misterio, era tan pequeño como para caber en un colibrí o era del tamaño de un hombre o era algo más grade. O seguramente era como esas muñecas Rusas, esas que tienen una dentro de otra y se van haciendo más pequeñas. Tendría que ser así.  Todos llevamos algo de muerte dentro de nosotros, entonces es una sucesión de muertes, empezando por una muy grande y culminando en el colibrí. Así pasa, así pasó y así pasará.

Entonces volví a escribir en mi diario. “Día 479 en París: Querido diario Isabel se suicidó con un tiro al corazón, el cuerpo del colibrí está más radiante que nunca, estoy tratando de dejar de fumar. Tomó largas caminatas para olvidar un poco todo este asunto de la muerte. Me he estado reuniendo con los poetas en el cafetín de la 72, hablamos sobre el átomo y la fuerza gravitacional. Me siento mal por esta ciudad, uno pensaría que aquí todo es arte y poesía. Pero yo solo veo muertes, los mimos se han vuelto una linda leyenda; no he visto ninguno desde mi llegada aquí. París es linda, pero es un refugio para corazones rotos y eso a veces la hace un poco insoportable…”

domingo, 20 de abril de 2014

Profesiones insolitas

Hay un hombre, esto debe quedar claro, solo es un hombre en toda la faz de la tierra el que extrañamente puede desempeñar este oficio tan difícil. Es algo hermoso, lo digo porque yo lo veo todas las mañanas cuando camino por el parque y veo las calles moradas. Entonces me siento en una pequeña banca, porque hay que sentarse para ver a este hombre trabajar. De pronto este sujeto aparece con una escoba verde, se pone a barrer las flores de las Jacarandas que caen al piso. Uno puede contemplar como el hombre se llena de dicha, de perfume violeta, durante una hora completa este sujeto barre las calles del parque, después de esto junta una enorme montaña de flores, las mete todas en unas bolsas negras, se marcha. Yo siempre me quedo hasta el final, disfrutando los últimos momentos de esta hazaña matutina. Veo como el hombre se aleja entre la luz del sol, dejando todo el lugar devastado, veo cómo se va con la escoba y las bolsas llenas de flores. Ya lo que haga con las flores no es asunto mío, pero yo imagino que un profesional de su talla llega a su casa, deja la escoba a un lado de la puerta. Abre la bolsa y deja caer todas las flores sobre una mesa larguísima. Se pondría a escoger las flores más bonitas, las de más olor, las más violetas, las menos parque, las más vida, y toda esta selección natural sería con el fin de hacerle un bonito collar a su mujer o unos pendientes o unas lindas cortinas. Y cuando el collar se empieza ha entristecer, y se empieza a morir poco a poco, ella sonríe y se pone muy feliz; la esposa más feliz mundo, porque sabe que mañana tendrá otro collar o quien sabe, si tiene suerte, le regalarán un autorretrato violeta; un espejo floreado.

La creación y destrucción por agentes finitos es imposible






La gente miente cuando dicen que las cosas no son para siempre. Nada tiende a desaparecer, El movimiento continuo de la cosas; círculos. Nada nos pertenece, ni el hermoso aroma de aquella mujer, ni las lilas, ni los arroyos, ni el cielo, ni la materia. Somos pequeños puntos, en un sistema que invariablemente se repite, y se repite y se repite… y la verdadera paradoja es que entre tanta repetición uno invariablemente se vuelve un agente finito. 


Todo se mueve constantemente, todo cambia de forma constantemente, todo se dilata constantemente, todo se muere constantemente. Como una rueda de la fortuna que gira constantemente y que solo se detiene para seguir adelante, así sería la forma en la que trabaja el Universo, así pasa: la luz, el calor, la fuerza… Y lo poético, que nos demuestra que la poesía  no es una cosa que anda por las calles, sino que anda por el cuerpo y baja por la frente y se acomoda en un rinconcito de la nariz, para luego escurrirse por el cuello, bajar por el brazo, llega la pluma como agente intermediario y entonces la poesía baja y se escribe, y es un papel y es nada, así es la poesía, y lo poético sería saber que nada acaba, que todo es para siempre y que el amor se va, y se guarda en un rinconcito del Universo y después escurre, por eso de las casualidades, para llegar a un parque, a un viaje, a una calle, a un Río en Costa Rica, a dos manos, a dos labios, a un beso. Eso es, digamos que lo poético del Universo es que vendría siendo un poema, enormísimo, de mil versos, de mil estrofas. Un poema que invariablemente se repite constantemente. 

sábado, 22 de marzo de 2014

La doble invención


I

La conocí por casualidad, por esas cosas que pasan con regularidad. Caminaba por Isola di S. Pietro; el cielo permanecía nublado, siempre me pareció que los días grises estaban rodeados por una magia terrible, un sin fin de melancolías que podías percibir en las hojas de los árboles, en el ir y venir del agua, en el silbido del viento. Me detuve justo en un puente que cruza el Rio di Quintavalle, me quedé mirando a los pasantes, a los turistas que fotografiaban todo a su alrededor. El humo de mi cigarrillo también, como las hojas, el viento y el agua, me traía un poco de esa magia. Pensaba en unos versos que iban algo así como: <<Creo que soy porque te invento…>>. Y entonces la vi, detrás de dos holandeses que se besaban, estaba ella; mirando todo a su alrededor con un caleidoscopio, quien sabe; a lo mejor para ella la vista de Venecia ya era muy aburrida, tendría que volverlo a inventarlo todo, las casas, los balcones, las macetas de flores violetas, el clima, la melancolía. Habría que inventar una ciudad de triángulos y figuras al estilo de la curva de Koch, tal vez ella querría ver todo a través de tres espejos o dos, o solo mirar los círculos de colores que se volvían ventanas o puertas, o balsas o turistas. O su objetivo era algo más simple, inventarse a ella misma. Pasó debajo del puente, la alcancé al otro lado, ya tan solo podía admirar su espalda y su cabello negro. Probablemente me había mirado con el caleidoscopio. Y me vio hecho colores, hecho humo, hecho recuerdos, no pedazos, digamos que me vio hecho triángulos y luces fluorescentes, digamos que me vio, no hecho pedazos, sino hecho recuerdos; hecho nada.

II

Qué hermoso era saber que estabas… y que durabas, eras más que el tiempo. Acabé de cruzar el puente, bajé por la Riva d. Partigiani para poder alcanzarla, así pase algunos minutos, caminando, siendo el perseguidor de un recuerdo húmedo; porque como pasaba el tiempo y ella se alejaba de mi vista, su rostro iba difuminándose. Entre esto de las invenciones y la persecución comencé a pensar sobre que habría que inventar un lenguaje nuevo, que tendría que reinventarme junto a mis cigarrillos, y a mi chaqueta, y tal vez tendría que inventar el beso, el abrazo, el adiós. Si para cuando la balsa se detuviera, y ella bajará con el caleidoscopio en el ojo izquierdo, sostenido por la mano derecha –porque así son las invenciones, no tienen sentido, hasta que uno se los encuentra- yo no había inventado una plática habría sido un fracaso, una caminata sin sentido alguno de haber sido. De pronto me di cuenta que me había detenido y estaba fumando el ultimo cigarrillo de la cajetilla. Ella estaba bajado, poniendo sus pies sobre una superficie nueva, que no era esta ni la calle de enfrente, era otra, una más nueva y más negra. El cielo iba entristeciendo más, la seguí otras cuantas calles, la vi entrar a un cafetín de la Marinaressa. Se sentó en la terraza, pidió un capuchino y un cenicero. Me limité a mirar, busqué la cajetilla para tomar otro cigarro pero mis manos solo encontraron un vació dentro del pedacito de cartón. Lo que pasó fue lo siguiente, con la misma precisión que lo describo: Disolvió tres cubos de azúcar en su bebida, saco una hoja de papel a la que le prendió fuego y dejo morir en el cenicero. Pidió un vaso de agua, le dio un trago al capuchino y lo dejo de nuevo en la mesa, estiro sus manos, cerró los ojos, sonrió. Puso dentro del vaso de agua el caleidoscopio, el líquido corrió por toda la mesa, le dio otro sorbo al capuchino, lo encontró muy dulce. Dejo unos cuantos centavos sobre la mesa, y una libreta roja. Salió del café y se me perdió entre las personas de aquí y allá. Me acerqué y tomé la libreta ante la mirada pesada de algunas personas. Me perdí entre la gente de aquí y allá.

III

Otro día amaneció. La libreta roja estaba frente a mí, mirándome con el lomo. La curiosidad mato al gato, pensé; y empecé a leerla. “Día 189 de 365: ¿Por qué mis pómulos son tan grandes?”,  arriba de esta descripción una foto de la mujer del café de la Marinaressa. “Venecia es como comerse de golpe una caja entera de bombones de licor”, otra foto. “He descubierto que si reemplazas el claxon y los gritos escuchando Schubert o Teleman la ciudad se vuelve insoportablemente hermosa”; una foto más. Era parecido a la bitácora de un poeta, fotos y fotos de la misma mujer, cada una como un pedazo de ella que regalaba a un desconocido cualquiera, porque lo mismo pude haber sido yo, o el mesero, o el hombre de la mesa de alado. Era un regalo, tal vez el motivo estaba frente a mí, era simple, sencillo, directo. Tenía que inventarla con cada pensamiento, y era como un deja vu << Creo que soy porque te invento…>> Tenía que inventarla para existir, cada foto, cada rostro era diferente, en la siguiente página podría ser quien yo quisiera, la mujer del cafetín de la Marinaressa o la joven del caleidoscopio en el ojo izquierdo. Así pasaba la mujer del cafetín de la nada a la completa existencia, era como un proceso cíclico: yo existía porque la inventaba, y ella existía porque la inventaba.

“No te voy a cansar con más poemas,
Digamos que te dije
Nubes, tijeras, barriletes, lápices,
Y acaso alguna vez
Te sonreíste.”

Y una foto de ella, sosteniendo su cabello. Sonriendo. Con unos labios rojísimos.

Era cierto, lo era porque el simple de hecho de pensar en un sacapuntas, en un lápiz de color amarillo, en un clip, en unas puntillas; era como si uno pensara en el capuchino, en la psicología analítica de Jung o en el intrínseco mundo astral que supone que todo tiene una causa y un efecto. Uno sonríe porque es cierto, porque es absurdo pensar en cosas tan complicadas, cuando uno puede decir: parangaricutirimicuaro, y reírse porque todo eso sigue sin tener sentido.

IV

“Paso mis tardes así, pintando árboles con gises”, y detuve mi lectura fotográfica. Era algo demente, saber que ella probablemente a esta hora, estaba ahí en alguna pieza junto al Dársena, pintando las paredes con árboles gigantes, que mañana ya no estarían, que desaparecerían con un chorro de agua, con el paso de las manos de los niños del orfelinato. Era eso, lo efímero de la eternidad, porque lo mismo era dibujar un árbol o una catedral; desaparecerían. Entonces me di cuenta de la subjetividad del tiempo, que un minuto puede ser una vida, y una vida puede durar un minuto. Me preguntaba frente al espejo que si ¿Vos también sos de tiza?; efímera y eterna ante el pensamiento de un millón de moléculas, que vendrían siendo; estos pies, estas manos, estos ojos. Quien sabe, si uno pinta una rayuela en el suelo y salta. Uno, dos, tres, al cielo y de regreso. Y al día siguiente ya no está, ya se fue, así serían todas las cosas hermosas, el cielo, un árbol, la mujer del café de la Marinaressa. Tal vez todo está hecho de tiza, y la muerte no sea nada más que ese chorro de agua, esas manos. Lo efímero de la eternidad, la subjetividad del tiempo. Un saca puntas, un bolígrafo. Sonríe.

V

Entre pensamientos pasaron las semanas, los días grises y la magia. Volví al café y volví a verla, sentada en la terraza, con un capuchino al que probablemente le disolvió tres cubos de azúcar. Pero esta vez entré al café, me senté en una mesa junto a ella y prendí un cigarrillo. Distantes, ella no sabía que yo la había inventado mil y un veces entre las cuatro paredes de mi habitación, ella no sabía que me había inventado a mi mil y un veces más dentro de las cincuenta y ocho páginas de la libreta roja. Entonces prendió un cigarrillo, y exclamaba:

−Se me escapa la vida, y sacaba el humo despacito.

Me dirigí hacia ella, y como había que inventar una conversación extraña, pero totalmente inteligible para dos personas como nosotros le dije:

− ¿Fumas?, sabiendo yo que sí, pues tenía el cigarrillo entre los labios.


−Sólo en las tardes de lluvia, contesto.



lunes, 17 de marzo de 2014

Cielito

Johnny, Johnny, Johnny…Miraba el techo, desnudo; bajo el frío de una sábana rosada. Los ojos en blanco, sin pensamientos; sin interrupciones absurdas. Miraba el cielo entre café y beige, descarapelado por el tiempo…Un cielo que caía sobre él, ¿O era él el que caía sobre el cielo? ¿Eran pedazos de cielo o pedazos de Johnny? Un brazo frágil salía de un costado suyo, rodeando su torso. Era como un recuerdo hermosísimo aferrándose a un pedazo de carne olvidada. Era un delicado lazo que salía de entre las cenizas de las almohadas y cobijas. Apenas y se escuchaba su respiración que parecía debilitarse poco a poco; la sabana palpitaba con la respiración del hermosísimo recuerdo. Se podría decir que ambos formaban un corazón enorme, que vivía y que moría. Rojísimo por cierto. Él seguía como buscando estrellas entre las grietas del techo, del cielo no tan hermosísimo. Y se escuchaban pequeños golpes, como un tic tac, como un cu-cu, como un pajarito atorado entre las vigas. Johnny seguía sin moverse, después claro que se movió para alcanzar un tabaco que prendió entre sus labios. Y la habitación del hotel ya iba tomando forma de lo que tuvo que ser desde un principio. Un paraíso. De pronto el foco parpadeante, se convertía en un sol radiante que iba cubriéndose por enormes nubes de diferentes formas. Y ahí estaba Johnny junto a su recuerdo hermosísimo tratando de descifrarlas. Un perro, un gorrión, una taza de té, una rueda de la fortuna. Todo esto se lo imaginaba, una parte de él tenía que creer en estas cosas tan infantiles: en globos y parques, en zoológicos y algodones de azúcar. Una parte de él tenía que seguir creyendo en el cielito gris y raso que cubría sus cuerpos desnudos. Alguien tenía que pensar en Johnny porque el ergo exige un pensamiento. Aunque sea una tontería, alguien (Johnny en persona) tenía que seguir creyendo que el cielo existe, que no es un engaño. Alguien tenía que creer que se puede saltar o caer en el.

El pensamiento, ergo; que suscitaba Johnny a esas horas de la madrugada junto a su recuerdo hermosísimo era algo como <<Si no hubiese fuerza de gravedad, nos tiraríamos a las estrellas>> Seguramente querría desaparecer en ese cielito tan bonito, tan humeante, tan alquitrán, tan amonio; porque entrar a ese cielo significaría, muy seguramente o tal vez, la muerte. Y ahora el cielo se convierte en un espejo de nubes y soles –ya no tan radiantes− y Johnny miraba su reflejo por primera vez. La miraba. Su mano, inmóvil, rodeando su torso. Y era solo un pedazo de ella la que lo hacía imaginar profundos acertijos. Pensaba en la fragilidad de los reflejos también, en como una simple ráfaga de olvido se llevaría hasta la última imagen del hermosísimo recuerdo. Se asustó enormemente de pensar que al abrir una ventana o que al dejar pasar el tiempo el humo-del-recuerdo se escaparía como para siempre. Entonces Johnny se puso a fumar y a fumar. Y la habitación parecía un incendio, una llamarada de memorias incompletas. El corazón iba latiendo menos y menos, un cigarrillo más un latido menos. El hermosísimo recuerdo se quedaba sin aire. El cielo la aplastaba entre tanta nube y tanto recuerdo, la mano se aflojo y cayó un poco hacia el abdomen de Johnny que seguía fumando, mirando al cielo que era un gran espejo. La luz parpadeaba con más intensidad. La cajetilla se quedó sin municiones. Pero ese cuarto de motel ya no era una habitación rentada, era más como un  Edén; con un Adán y una Eva. Y un Dios escondido entre el techo descarapelado que lo veía todo. Un Dios que Johnny seguramente había inventado también. El tiempo pasó, el humo se escapaba, ya no había más cigarrillos, ya no había más soles, no más nubes, no más recuerdos. Una ventana abierta. Afuera llovía y dentro de la habitación se sentía el frío. Solo quedaba un techo entre café y beige, un foco parpadeante. Y fue cuando el hermosísimo recuerdo despertó de su desmayo y miro a Johnny con unos ojos muy tristes.

−Vos volviste a fumar ¿Cierto?, lo habías prometido.

−Y vos lo volviste hacer de nuevo…

− Que tonterías decis.

−Vos lo volviste a hacer de nuevo. Volviste a aparecerte en el cielito del techo, vos te enojas conmigo porque fumo, pero no es el cigarrillo lo que va a matarme. Es ese estúpido cielo en el que te paseas. Sos vos la que va a matarme.

− ¿Y eso es tan malo?



Entonces Jonnhy entendio que el hermosisimo recuerdo era como un cigarrillo. Un recuerdo que se quemaba. Que se esfumaba con la ventana abierta.

sábado, 15 de marzo de 2014

Sobre la anti-paradoja que supone la lectura de La vuelta al día en ochenta mundos

La vuelta al día en ochenta mundos es una grandísima metáfora de 193 páginas.  Que supone cosas tan absurdas como Con legítimo orgullo, La vuelta al piano de Thelonious Monk y otras tantas un poco más serias como Encuentros a deshoras. Es un libro que se lee en reversa, en el que todo empieza a girar en torno a un solo día, en torno a una sola persona. Un número uno, que como cuenta Lacan; se regocija de ser impar al igual que Dios. Y entonces de un cuento a otro aparecen recuerdos. Como la lectura contrapone las ideas, y uno no lee al libro, sino que el libro lo lee a uno. Evoca un  recuerdo simple, que te lleva a la lectura de El derecho al delirio de Eduardo Galeano. Entonces me hace pensar que los libros nos leen; que se aburren de nosotros y nos guardan en bibliotecas enormes, nos apilan como objetos, como si estuvieramos llenos de páginas y tinta. Pero no bastarían unas cuantas bibliotecas. Los libros empezarían por apilarnos en los bordes de las naciones; así se crearían enormes murallas humanas. Y si el televisor nos mira, y el periódico nos anuncia, y si el automóvil nos conduce, y si la comida nos come, y si las escaleras nos suben, y el mundo nos recorre, y el reloj nos da cuerda. Nos convertimos en objetos de objetos. Esclavos de todo lo que hemos creado. Es cierto que todo, cada uno de los ochenta mundos, me llevan a una continuidad casi insoportable, el encuentro a deshora que sin buscarlo; llega. Te encuentro encerrada entre cada párrafo, cada vocal y cada diptongo que propone la lectura de Rayuela. Y como el día es una gran metáfora envuelta por un sistema en reversa, que nos lleva a deducir que en cualquier momento caeremos entre el asfalto, a lo negro del piso, de un lugar que nos sume y nos anula, como un número negativo y uno positivo. Digamos que nos volvemos sombra de nuestra sombra. El anti-humano del que somos antecesores. Y en ese momento cuidado con pensar mucho en una persona, porque los recuerdos también se devalúan. Quién sabe si un día me levanto; suponiendo que puedo hacerlo, y ya se me allá olvidado esa promesa que rompiste, que vos te quitaste la pulserita, que vos me hiciste suponer que ya no me querías más. Quién sabe si un día de estos me caigo, y con esa caída tu recuerdo se pierde. Quién sabe, como podría alguien saberlo, si un día yo voy caminando, con un globo y una flor, para una novia o para un vagabundo y te encuentre de frente y me mires y yo no. Y te acuerdes de aquella vez que nos tomamos de la mano y yo seguramente ya no me acuerde ni siquiera de ti. Que harías si en ese momento te duele la muñeca, el recuerdo de una promesa rota, Que tal si de pronto yo sigo calle abajo y tú te quedas estupefacta ante el horror del olvido. Serías una historia tristísima que seguramente ningún libro leería; serías apilada, tal vez entre la frontera de Bruselas, de la Argentina de Cortázar. Y vas quedarte ahí olvidada, empolvada, de vez en cuando servirás para detener una puerta averiada, pero nada más. I love you my love but


Pero claro que te acordaras, y te acordaras de que vos me mentiste sobre aquel encuentro fortuito con alguno de tus amantes de antaño. Te acordaras de los ochenta mundos, del día, del piano, de los cronopios, de los famas, de los esperanzas. Te acordaras de la grandísima metáfora que supone la lectura de La vuelta al día en ochenta mundos. Yo sé que lo harás, porque desde ahora, cada vez que mire la hora, que suba las escaleras de mi cuarto, que beba un poco de sangre de Creta. Sabré que eres una historia tristísima que anda por ahí apilada, deteniendo una puerta averiada,  entre Brúcelas y la Argentina de Cortázar. I love you my love but… el tiempo devalúa los recuerdos.