domingo, 14 de septiembre de 2014

Pequeño inconveniente

Nunca se está preparado para
el fulminante disparo de la casualidad,
para la belleza de esa eventualidad.
No se está preparado para el amor,
para el beso o el abrazo reconstruido,
porque el amor es esa reconstrucción del pasado,
la continuidad de la relación antecesora.
Solo se ama a una mujer, y las siguientes
son su extensión corporal y aural;
digamos así: el beso que le diste a Mariana
continua en la saliva de Luz, y en el
mordisco de Ana Lucia.
El abrazo que le diste a Silvana se prolonga
hasta la espalda de Roció y la
respiración entre cortada de Carlota.
Y esa mirada, que bien puede ser llamada:
“Amor a primera vista”
sigue y sigue más allá de todos los objetos,
de todas las líneas horizontales y perpendiculares que los cuerpos femeninos
suelen dibujar, se dice, que esa mirada se expande, y
por eso es que María, Daniela e Isabel han sido tus amores
a primera vista.

El amor es un pasadizo,
un tobogán interminable.
Porque los gestos en el amor no son distintos,
no varían, se vuelven repetitivos.
Se lleva flores, se va al cinema, se conoce a los padres
de la víctima y victimario, se hace el amor,
se besa y se abraza.
El amor es un acto de repetición,
repetición al infinito, hasta el aburrimiento,
y nadie nos prepara.
Uno nunca está preparado
para la recepción y la ruptura,
la aparición llega sin buscarla,
la desaparición llega sin esperarla.
Cuando el amor se acaba pareciera que uno
Pasa de un estado
Estable a uno inestable, en ese momento
uno se asemeja a una bomba del Jihad.
Porque uno escucha
y el otro habla o al menos lo intenta, y
al escuchar el incesante adiós
uno estalla, uno se fragmenta
       se hace pedacitos
              truena el corazón
              truenan las clavículas
              los ojos se rompen
              se fragmenta el alma
                             los labios
                             la piel
                             los dedos
                             las uñas
                             la sangre seca debajo de las uñas
                             se rompe cada átomo
               y se rompen por los siglos de los siglos,
                      ya al final
                           se fragmenta el hombre, el concepto de hombre
se fragmenta nuestro nombre, cada letra se despedaza,
                   se fragmentan nuestras creencias.
              Quedas impregnado por todas partes
                   te encuentras en el techo
                   te encuentras en la banca en donde estas sentado 
                   te encuentras salpicado en el rostro de la que hasta entonces era tu amada.
     Sin duda uno nunca está preparado, y
                           no lo estarás.

El amor es tan espontaneo
                   tan cosa de minutos
                   tan inevitable
                   el amor pide todo
pide boca, pide palabra, pide pan, pide vino.
                El amor pide y pide
           y   uno nunca está preparado para
                       dar y dar
   para consumirse en el reflejo que te
             proporciona el otro.
El espejismo del amor, en el oasis del cuerpo.


Nunca se ésta preparado
para salir a media noche con
la incesante lluvia que te moja
hasta las entrañas,
con una sola rosa entre las manos,
metáfora hermosísima de la última voluntad,
con una sola palabra atravesando tu garganta,
nunca se ésta preparado para salir corriendo
a casa de Melina,
tocar la puerta y verla al otro lado del umbral
tan lejos de ti, de tu cuerpo, ese que alguna vez toco
e incendio con sus incesantes caricias.
El paraíso en llamas.
No se ésta preparado para verla alborotada, con toda la cabellera
desordenada, danza frenética del sueño interrumpido,
sus ojos entreabiertos, su gesto de pesadez.
No se ésta preparado para obsequiarle la rosa,
decirle te quiero y sentir una
pedrada de regreso,
nunca se ésta preparado para el incesante ¡NO!
que sale de golpe de los labios de Melina,
un incesante ¡No!
tan incesante como la lluvia,
tan incesante como el adiós,
tan incesante como el inevitable llanto,
tan incesante como las noches en vela,
Uno nunca ésta preparado para
marcharse de cada de Melina,
mojado, jodido y confundido
por no saber si la humedad de tu cuerpo se debe
a la lluvia del cielo o a la lluvia de tus ojos.
No lo sabes.

Nunca estas preparado para mirarla de lejos
acariciándose la cabellera con la mano derecha,
haciendo círculos con su dedo y un mechón de cabello.
Nunca estas preparado para verla sonreír por cualquier banalidad,
no se ésta preparado para verla caminar orgullosa por los pasillos,
definitivamente no se ésta preparado
para ver su mano entrelazada en otra mano
que no es la tuya, que no será la tuya,
no se ésta preparado para verla con un
pendejo, uno de esos hombres que no saben de qué hablar
más que del partido de anoche.
No estás preparado para ver como la desperdician
en habitaciones de moteles baratos, en besos desechables.
No éstas preparado y nunca lo estarás.
No estás preparado para el cigarrillo que te mata,
para el alcohol que te enferma,
para la bala que te atraviesa,
para los llantos y los sepelios.
No éstas preparado para empezar de cero; que mentira tan grande es esa,
como si se pudiera decir, gritar a los cuatro vientos:
¡Venga el abrazo! ¡Venga la siguiente!
¡Venga el beso! ¡Venga la casualidad de enamorarnos!
Y en un intento por empezar de cero
regresas a la cafetería, al punto cero, a la escena del crimen.
            en donde te buscas en el techo
              en la banca.
   Buscas en el basurero ese vaso de cartón que tenía Melina aquel día
en el cual habría una parte de ti estrellada; fragmentada.
Te buscas para tratar, muy estúpidamente,
reconstruirte.
Y una vez que te encuentras todo unido, con cinta adhesiva
    te das cuenta que no éstas preparado para
         volverla a ver
                          sentada, solitaria, fumando y
                               leyendo Rayuela de en medio hacia los lados.
           Y como sabes que nunca estarás preparado…
               tus fragmentos se fragmentan, reduciéndote a una cosa de nada,
                     te conviertes en un estúpido e incesante intento de empezar de cero.

Uno nunca ésta preparado para sostener el revolver en la quijada o
la navaja en la muñeca.
Una estupidez… ni mencionarlo siquiera,
uno no ésta preparado para el amor, mucho menos para la ruptura,
ni para la muerte platónica;
lo digo de esta manera
porque al igual que existe el amor platónica
            hay la muerte platónica
                   “morir de amor”
                                    sería lo platónico de la muerte,
pero es cierto, comprobable a un punto verídico,
      que nadie muere de amor,  y que triste
                    porque se puede morir
de decepción
de vació
de soledad
de guerra
de bala
de cuchilladas
de violación
de vergüenza
de hambre
de ganas
de asesinato imprudencial
de risa
se puede morir incluso
de aburrimiento,
pero una muerte de amor… no,
no existe,
no se puede,
me es inconcebible
mirar el obituario y leer:
“José Martinez, muerto en accidente automovilístico.
Manuel Acuña, falleció por los besos que no dio”
No… no lo puedo ni imaginar,
no se ésta preparado para ver algo así
en el diario.

El amor nos reduce a esto:
a una larga lista de no-preparaciones,
de incertidumbre y de un poco
de nostalgias de procesión.
Una lista sin fin,
                  una guarida de conejo
                            por la que caes y caes sin
                                     estar preparado para la caída.
Nunca estas preparado para ver a Melina de
frente, incrustando tu mirada en la suya, y viceversa,
y preguntarle sin remedio
si quisiera visitar el Zoológico contigo.
No se ésta preparado para el ¡Sí!
para volver a tomar su mano,
para retratarse junto a los rinocerontes,
junto al tigre de bengala.
No se ésta preparado para ese momento
en que Melina te propina un beso de conmoción,
y te dice al oído:
“como te extrañe hijo de puta”
Y te das cuenta, con tristeza o alegría
que sin duda, uno nunca ésta preparado
para

            vivir.

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