domingo, 9 de noviembre de 2014

Mujeres voladoras no identificadas

I

“Hombre es abducido por mujer voladora”, decía la primera plana del periódico del miércoles 25 de Febrero. Dentro, en lo que respecta al cuerpo de la historia, se podía leer lo siguiente:

II

Estaba guapa fumando. Sostenía el cigarrillo como si de aquello dependiera la armonía del lugar. Estaba guapa sentada, junto al vaso de licor, estaba guapa, guapísima. Esa chica en verdad era demasiado linda. Demonios, esa chica era lindísima bajo la luz opaca del bar, bajo las cortinas de alquitrán, era lindísima. Se los juro. Me volvía loco. Estaba guapa con los labios rojos. Estaba guapa a cada momento que yo la miraba. Me volvía loco, se los juro. La chica más linda que había visto. ¿Qué chica se ve linda fumando? Hagan un escarmiento, un recuento de memorias, de todas las veces que habían visto a cientos de mujeres fumando en la barra, o con un grupo de chicos puñeteros. Díganme que chica se ve guapa fumando. Ninguna, absolutamente ninguna, porque cuando las abrazas apestan amargamente. Pero esta chica, ella Estaba guapa fumando, y lo estaría todas las veces, en todas las horas y en todos los bares. No importaría que marca de cigarrillos consumiera, así fueran tabacos de chocolate, ella sería lindísima. Linda en el modo en que un tren humeante es lindo, hermosa en el modo en que este cierto tren humeante pasa sin parar a un lado de la estación central. Y tendría que ser como el tren, porque esta chica del bar era humeante y fugaz. Evidentemente, y más naturalmente que de costumbre, yo vendría siendo esa estación central, de hecho repetiría los movimientos de la misma estación: inmóvil, en la mesa junto al whisky, esperando el regreso del tren, el humo a la distancia, la fugaz presencia de esa mujer desconocida.


III

Hay mujeres que te hacen tocar el cielo, mujeres con labios tan suaves como una nube, mujeres que te abrazan y te hacen volar, hay mujeres con ojos parecidos a estrellas, mujeres de belleza angelical, de furia celestial. Hay mujeres con vestidos blancos y vestidos azules, mujeres que extienden los brazos y corren, asemejándose a un aeroplano. Hay mujeres que te hacen tocar el cielo, mujeres en las que puedes aterrizar después de una noche de vuelo desenfrenado. Están estas mujeres las cuales son como un tipo de quimera, partidas en dos mitades, un beso y uno toca el cielo, un enfado y uno toca el infierno. En toda mi vida me he encontrado con este tipo de mujeres, lamentablemente muy comunes, incluidas en la ley de usos y costumbres. Y están estas otras mujeres que son como un cielo, mujeres a las que sin problema puedes decirles: “cielo pásame la novela de la cómoda” o “¿cielo queres un poco de bife?” Mujeres que reproducen todas las nubes, estrellas y constelaciones en su rostro. Mujeres celestiales con la cara llena de aviones y avionetas, de nubes y nubarrones, relámpagos y centellas, de globos de helio y globos aerostáticos. Mujeres que llueven, que rugen, mujeres soleadas, mujeres nubladas. Mujeres con las que si uno sale, debe de llevar  paraguas y  gafas de sol. Mujeres que para poder conquistarlas es necesario estudiar climatología en la Universidad de Pennsylvania. Que para poder descifrarlas uno tiene que acudir al canal 8 con el sujeto del clima, para saber si le gustan los chocolates o las flores. Mujeres afectadas seriamente por el calentamiento global, que pueden acerté sentir cálido si todo marcha bien, o que pueden volverse como un tímpano de hielo. Mujeres que son un cielo, que es necesario acostarse en el suelo y mirarlas para descubrir sus formas y deformidades. A este tipo de mujeres hay que amarlas más allá de su facha de cielo, hay que llegar a la estratosfera, al espacio sideral, una mujer así está compuesta por galaxias y galaxias de secretos que son incomprensibles para el cerebro primitivo del hombre común. Hay que aventurarse a cruzar el cinturón de orión, el sistema solar y la vía láctea, llegar a conocer cada agujero de gusano de su cuerpo, reconocer a la distancia sus galaxias y nombrar y redescubrir sus constelaciones lunares. Hay mujeres que cada cinco años se ven invadidas por una lluvia de meteoritos, mujeres llenas de eclipses lunares y solares, mujeres deslumbrantes como una súper nova. Mujeres de luces, mujeres aurora boreal, mujeres que solo pueden ser vistas con telescopios, mujeres con depresiones tropicales (por eso del calentamiento global), mujeres por las que uno cae libremente… como ahora lo hago, mujeres por la que tu pensamiento cae y fluye libremente, mujeres galácticas, espaciales, celestiales, mujeres a las que uno trata de alcanzar.

Constantemente sueño con este tipo de mujeres, jamás he podido tenerlas, justo cuando pienso tenerlas se escurren y se esfuman como una neblina espesa… mujeres como la de la barra del bar, a las que ves y pides un deseo por lo parecidas que son con las estrellas fugaces. Mujeres como la de chica de la barra del bar con el cigarrillo. Demonios, se ha ido, ya no está, queda un poco de humo frente a la barra, como si fuera mi manera de constatar que esto no fue una ilusión. Era lindísima, se los juro, era de ese tipo de mujeres que son un cielo, mujeres de las que nadie puede comprobar su existencia. Mujeres de ensueño y alucinaciones con sedantes, a las que bien podríamos llamar Mujeres voladoras no identificadas.


Apago el cigarrillo, salgo del bar, subo al automóvil, manejo por la carretera oscura, ebrio y vagando en la delicada cuerda del pensamiento, buscando un pastizal extenso en el cual pueda descansar, mirar el cielo oscuro de Oregón, y pensar que todas esas luces en movimientos, son mujeres ovnis, mujeres a las que se les puede reportar en la Asociación de Actividades Extra-normales, para que por una vez de todas comprueben su natural y nada extra-normal existencia.